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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
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- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.
Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.










Puedo desmembrarme

llamarte

sin pronunciar palabra:

Abrir la boca

estirar la lengua

penetrar la tierra

enraizar debajo de las lombrices

donde esquivamos nuestro encuentro.

Quiero que me busques
soy el muro agusanado tras la enramada espesa.
Hay un enjambre de moscas que bien suenan
a pensamientos bulliciosos.
Ahora que nadie me tiene
albergo grillos en los oídos
y duele menos la soledad despótica,
y el sol me rastrea a duras penas
entre la humedad donde se hunde
el pecho descolorido.





Vos tenés
las yemas lascivas
bajo el temblor de
mi vientre.

La boca húmeda entre
las piernas tímidas.

De nuevo el deseo
sobre la espalda durmiente.

Descomposición

Me siento putrefacta entre tanto sinsentido  ¡lo estoy gritando! vomitando blancas larvitas  que son el olvido.
Solía dotarme de palabras fecundas, recostar la espalda en el piso de la ducha,  acariciar con las yemas los azulejos  y sentirme acuática  y vieja pero cuando una ve  desde lejos el propio cuerpo  se tantea desesperada  y como si fueran otras las manos  bucea protegiendo  la patética fragilidad.
Esta sangre que grito desde el cuello marchito es una ya volcada de gusanos añejos. ¡Abandónenme! Lo estoy diciendo ¡no más palabras!