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Ay... Cuán macabra puedo ser,
sonriéndome la sangre.
Tanto que mis uñas son pincel,
en el lienzo frágil
de la piel, y de la carne.


Ay!
En el ambiente hostil del arte.
Está tiñiendose de ser,
y de un yacer
sonriente, hasta matarse.

Ay!
Burlándose mi sed
por ella, al alejarse.
Desangrándoseme el ser,
hasta matarme.

Ay... Cuán macabra puede ser,
sonriéndose mi sangre.
Tanto que sus uñas son placer,
en la matanza artística
de mi piel, y de mi carne.



Eimí.

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- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.