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De vahos a otro tiempo.

Que sencillo era amarte,
vida,
cuando me veía llorando a carcajadas
el tiempo escurridizo
entre las grietas de la piel.

¿Qué hubiera
advertido mi tristeza?
El césped olía sublime
y la inmensa palmera
me gobernaba.

A mí,
y a mis pensamientos
que se estancaban
en las líneas estrechas de las hojas
del guayabo,
como vagabundos inmersos en el hedor
de los callejones polvorientos.

¿Qué hubiera podido destrozar mi cráneo,
y despertarme del ensueño?
El tiempo no se detuvo,
el tiempo es lo que ahora cargo
apesadumbrada,
cuando me observo, en el antes,
olfateando la visual extensa del éter
mientras los frutos podridos
se agolpaban en mis ojos
pariendo larvas
blancas,
sedientas de carne podrida.

Yo putrefacta,
y el cielo y el aire,
y mis pensamientos,
cavando su tumba
en la pulpa de las guayabas caídas,
rojizas,
descuartizadas por el golpe duro
contra el suelo rígido.

Que fácil era amarte,
vida.
En el aire, el viento
no existía arrastrando las hojas muertas
del otoño;
como existe ahora el tiempo frente a mí,
arrasando conmigo
entre su sonrisa
agobiante.

Me espera,
y mece mi ser
en sus brazos inquebrantables.
Me succiona,
me suprime,
me penetra como la daga punzante
que escribe mi presente con sangre,
y se ríe
de que dejaré de amarte,
vida,
como te amé en aquellos días
en que el calor de los rayos solares
no cauterizaba mis poros,
abiertos al oxígeno de la atmósfera
descontaminada.






Eimí.

Comentarios

  1. Che me encantó este poema, bien pulenta pulenta, je.

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  2. Jaja sii, lo habías leído una vez en mi face. Gracias Dieguín :)

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.