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Infancia sabia.

       Tal vez desde siempre se lo había imaginado distinto, pero sin embargo se sintió satisfecha. La elasticidad irreverente  que se había apoderado de su piel, le reveló uno de los tantos secretos de los que la juventud nunca se imaginaría conocedora.
 "Enceguecida está la ingenua - pensó la anciana a un metro del abismo - burlándose de la fealdad que se apoderó de mí". Y se lanzó.
       Y una vez más alguien se llevó consigo el secreto: Egoísta -o imposibilitada-, la vieja sintió suavizarse en la satisfacción de reconocerse bella de-mente.

Eimí.

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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?