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Estilo de mis muertes barthianas.

Yo sé lo que sucederá:
Luego de sentirte algo te manchará de azul,
de negro o de gris
-según la costumbre que te tenga de parir-
la blancura,
y la blancura, también, de la que está entre líneas.
Grises.


Y aunque sepa que alguien me critica el verbo
de mi verso cuarto,
con el agua se irá todo aquello, y vos
como sangre desde mí, aunque incolora
como mi asesina.

Ah...
Hipócrita asesina mía...

Pulcrizará a todo el manojo de nosotros,
y corroerá a todo el manojo de nosotros.

Griten!
Griten el agua en sus pulmones!
Mientras yo sonrío las células muertas
que despiden su vida
hacia el cementerio de una gota.


¿Acaso no es el fuego el maldito?
Esa manera de consumir, incinerar, derretir,
consumar carne y papel.
Purificar.

Bueno,
corróanse mientras me purifico.

La rapidez del asunto no es la malicia;
es la lentitud
el prosopon del acto y la masacre de los cuerpos.

Pero sé que alguien me critica el verbo
de mi verso cuarto:
Ahí es cuando agonizo y muero,
y justo al comenzarse la acción.

Estoy pura y muerta y fétida.
Que rico, que placer.

Yo sé lo que sucederá:
Mi muerte una y mil veces.

Un cadáver pulcro
con la piel añeja de empaparse,
el otro sangrante
y con la razón difuminada en el tinte.




Eimí.

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.