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Mandar fruta.

El verde odiaba.
El color verde.
Pero amaba la lechuga,
el vegetal.
Lo enloquecía.

Digamos que.

El verde repugnante opacó
con más rojo apasionado.
Tapó la lechuga
con exceso de tomate.

Y luego vio que aquellos,
los únicos no eran.
Se tapó de colores
y frescura.

De zanahoria y remolacha.

Un día, sin quererlo,
había olvidado el verde,
y su manía por las lechugas.

Ensalada se había hecho.

Y lechuga seguías vos siendo.
Vos sos lechuga repugnante,
yo sobras de ensalada. Deliciosa.

Ahora parece que estás de moda,
lechuga. Blasfemando el verde.

Tanto que me enverdé de metáforas
baratas, ahora, yo también.
Y tengo miedo de mutar a lechuga,
a tanta ausencia por doquier

de mi yo.



A todos aquellas personas ineptas que blasfeman la poesía y toda su hermosa y celestial esencia con recursos baratos y convencionales.

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.