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Simil paz.

Nuevamente el sonido fermentado
del silencio en el oído
cuando por fuera el mundo
intenta aplastarme la cabeza.

Las agujas del reloj
siguen clavándose en mis piernas
muy a menudo,
pero muy a menudo también, te beso.

Y la inmensidad de los manantiales
nos penetra y permanece incomprensible
a la razón, como el mar que se abre soberbio
frente a los mil matices del iris.

Te beso cada vez por vez primera,
con los ojos empapados de alma,
con el impacto
que las cosas naturales irradian,

sin la prohibición de desnudar
mis tonalidades internas de piel,
sin el miedo de regalar en mis labios
la más profunda esencia que poseo.

Me besas cada vez por vez primera
con los ojos empapados de alma,
con el ser en los labios oliendo siempre a vos,
con el silencio a cuestas, con la paz de la noche nevada.

Nos besamos cada vez por vez primera
porque el mundo nos grita y ensordecemos,
en el desprendimiento mutuo de nosotros,
y en la armonía que nos envuelve los minutos.

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
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y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
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chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
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donde los árboles terminan.
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