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Simil paz.

Nuevamente el sonido fermentado
del silencio en el oído
cuando por fuera el mundo
intenta aplastarme la cabeza.

Las agujas del reloj
siguen clavándose en mis piernas
muy a menudo,
pero muy a menudo también, te beso.

Y la inmensidad de los manantiales
nos penetra y permanece incomprensible
a la razón, como el mar que se abre soberbio
frente a los mil matices del iris.

Te beso cada vez por vez primera,
con los ojos empapados de alma,
con el impacto
que las cosas naturales irradian,

sin la prohibición de desnudar
mis tonalidades internas de piel,
sin el miedo de regalar en mis labios
la más profunda esencia que poseo.

Me besas cada vez por vez primera
con los ojos empapados de alma,
con el ser en los labios oliendo siempre a vos,
con el silencio a cuestas, con la paz de la noche nevada.

Nos besamos cada vez por vez primera
porque el mundo nos grita y ensordecemos,
en el desprendimiento mutuo de nosotros,
y en la armonía que nos envuelve los minutos.

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