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La poetisa.

Te seguí con la irradiación
de mis ojos extrañados
hasta desgranarte lenta
en un puntito afilado.

Como cuchilla de acero
frío en el alma quieta,
clavabas la punta impía
y te marchabas incierta.

Y rauda llegabas al sol
como una sabia adivina.
Quemaba mis ojos, la luz.
                             Te deseo todavía.

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