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El suicida.


Viajé con un poeta en el colectivo de ida. Me confesó que había decidido suicidarse al llegar a su insípido monoambiente pero que aún no sabía cómo.
-Estoy cansado – me dijo – de mí. De chico ambicionaba la vida, cada amanecer buscaba más; ahora, no tan viejo, siquiera ambiciono dinero.
Acabo de entrar a la cama y entre los pensamientos nocturnos me di cuenta de que ese hombre no era un suicida, sino otro poeta que no fue.
Espero que finalmente haya optado por escribir y no por suicidarse.

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¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.