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Infinitud.


Lee. La última vez que se había dormido entre pensamientos, el boleto no le había funcionado bien y su mundo dorado no fue más que un espiral de desesperación y ahogo continuos. Primero fue verse a sí misma, ilusa, rodeada de un negro profundo; algo así como el del espacio. Luego fue el sendero, que tomaba una curva extensa y desaparecía entre su flexibilidad. Entonces, comenzó a caminarlo, expectante. No fueron mucho más que algunos segundos, cuando el fuego se encendió -aunque primero percibió su humo, luego fue el calor, y por último el fuego mismo-.
  Comenzó a correr, sin atreverse a mirar la incandescencia. Sin atreverse a concebirse asfixiandose y muriendo, dentro de ese calor insoportable. Fue más bien una huída, porque el fuego la perseguía y detrás de él ya no quedaba sendero. En su huída se cuestionaba si aquel camino curvilíneo encontraría su fin y qué sería de ella si eso llegara a pasar. Entonces comenzó a marearse, y comprendió, que aquel sendero, era un espiral.
   Lo extraño, era que su aliento no se agotaba y sus piernas se movían como impulsadas por sí solas... Al parecer desconocía haber sentido agotamiento alguna vez. No se cansaba, pero le agotaba el aburrimiento. Aburrida pues, en un instante de vacío mental, se detuvo, y el fuego la alcanzó. No la consumió. Siguió su rumbo.
   Y ella había comenzado a escalar la extensa nube de humo que se esparcía entre lo negro, más inmerso e infinito aún, que aquel espiral.  Al menos, había logrado cambiar su camino -ahora era igual que el anterior sólo que vertical, y sin el fuego, aunque el humo se iba desvaneciendo desde abajo,  quedando solamente vacío-.
   Comprendió entonces su idiotez, abrió sus brazos y se dejó abrazar por la negrura. Durante su caída, expresó su desilusión. Su mundo dorado no era más que una mentira. Quería un reembolso de su tiempo perdido, y de nuevo irritada, comenzó a preguntarse si su caída hallaría un tope, o todo allí no era más que infinito.
    De manera que cerró los ojos y se dispuso a leer, algo de aquello que sí la hacía verse entre su mundo dorado. Y ahora, que lee, acaba de notar que el tope de su caída había sido el final del libro y que, aún así, la infinitud no había acabado.
    Quizás todos los boletos fallen, o no hay verdaderamente boletos para un mundo dorado. Sólo la vaga predisposición de una escritora ilusa.


Febrero 2011.


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