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Última carta que te escribo.





Temo no volver a escucharte.
Tengo sordo el espíritu y la piel en ceguera.


No sé si tenga fuerzas para aferrarme a tus tobillos otra vez.
No sé si quiera lamentar el que vuelvas a quemar mis manos con el frío de tus huesos.


Ya no tengo música en los papeles, ni letras para ahogar en la garganta.
Ya no lloran las uñas que me rasguñaban la espalda durante la noche.


Se me hizo tan asiduo el silencio.
Se me hizo tan fácil no escuchar los gritos de tus poemas desafinados.


Te suicidaste tan joven, no me quedó ni tu silueta a oscuras.
Te fuiste poetisa, antes de que pudiera danzar unas rimas en tus pupilas incoloras.


Esta es la última carta que te escribo para no verte riendo con mi desnudez.
Para volverme a enmudecer con lo poco que me dejaste de tu ingenio.


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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.