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Mostrando entradas de septiembre, 2012

Sanamiento.

Nos olvidamos
niños
a veces
como siempre

Olvidamos que somos
tan niños
con la fragilidad de los órganos en desarrollo
y de la mente boba

Nos avergüenza lloriquear
por la paz de la leche materna

Por el calor y la suavidad del pezón izquierdo

Olvidamos
si miramos todo desde abajo
y con miedo

Y con las ganas de niño de tironear
el pantalón del dios que nos toma la mano para cruzar la calle

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Empujamos el recuerdo y la necesidad
con la planta del pie,
hacia abajo
y lo enterramos a pesar de la sangre y el llanto.

A pesar de los gritos de ahogo.
La ayuda nos avergüenza.

Nos atemoriza que nos pisoteen la cabeza del crecimiento
y nos enterramos por dentro hasta olvidar-
nos.

Nos falsoprotege la autodefensa
y nos creemos sanos.

-Nos- sana la leche de los demás,
¿y mejor olvidar
a que nos sanen?


Desandar.

Desandar hasta mi historia, no lo sé. Tuvo pies un tiempo no hubo ojo que no la perdiera de vista. Parecieron un par de kilómetros en auto pero a pie es otra historia, la historia es otra que en aquel entonces.
Un texto detallaba como se cortó, la palma y los dedos con los restos de los vidrios de un auto atropellado en la ruta, abandonado (quizás no fueron los vidrios los que sacaron sangre en los pies de la historia; el hecho es que el abandono la cegó. Y con una historia ciega no se puede. Desde antes me parece que no se puede. No se pudo. No se podía. No se podría ni en condicional).
Más vale que la historia me dejó. Si saliera a buscarla de seguro me sangrarían también a mí los pies. Luego sirve el consejo de hacer reposo, si las defensas bajan puedo morir. Puedo morir con la desilusión. Con la certeza de que mi historia está lejos. Perdida. Ciega.
(Y los ciegos no le gustan a nadie).
Haré reposo pues.
Haremos reposo y estaremos bien.
Intranquilas con la incertidumbre.
Pero bien.
No diría vivas…
Y viva…

Fragmento de charla descontextualizado con una persona de feo aspecto.

- No... Bah, básicamente, a lo que voy, es que a mi vida poco social la divido en la parte de los letrados que son los que desayunan, almuerzan, meriendan y cenan letras... Y después las cagan. Y la otra parte que es la de los letrosos, que las transpiran y no se bañan... Nunca.
(El otro escribe asintiendo con la cabeza en estado de comprensión incompleta).
- Con los letrosos me empapo.
- ¿Y los letrados?
- Yyyyy... Los letrados andan por ahí...

En la nariz de la escritura.

Apago
la luz cuando busco, me buscan
y
no hay olores
y
resulta raro todo es lo mismo:
una piedra
grande de cosas duras
- el sonido deformando a ruido, la fragancia a hedor, negro humo el vapor transparente el agua-.
Una piedra
o
bola
o
eso de un peso inimaginable sobre mi esqueleto quebrado,
los huesos rotos
y
astillas
(por ahí dentro);
y
gustoso apagar las luces,
apagar la vida miserable;
encontrarme siendo aplastada por enormes piedras gigantes de poca tangibilidad
pero
de un peso tan exquisitamente REAL.
Apagar
y
matar
y
ser valiente
y
lamer las cosas horribles
(las bolas melodiosas)
melodiosas
en
el poema
y en
el temor a encontrar lo que nadie busca.
Y
carcajear con dientes amarillos
y
torcidos
y
oliendo a salsa roja
y
a saliva,
pero
de espeso aroma a frutas tropicales
en
el renglón
en
la tinta
en
la nariz de la lectura.



                                      Eimí