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En la nariz de la escritura.

Apago
la luz cuando busco, me buscan
y
no hay olores
y
resulta raro todo es lo mismo:
una piedra
grande de cosas duras
- el sonido deformando a ruido, la fragancia a hedor, negro humo el vapor transparente el agua-.
Una piedra
o
bola
o
eso de un peso inimaginable sobre mi esqueleto quebrado,
los huesos rotos
y
astillas
(por ahí dentro);
y
gustoso apagar las luces,
apagar la vida miserable;
encontrarme siendo aplastada por enormes piedras gigantes de poca tangibilidad
pero
de un peso tan exquisitamente REAL.
Apagar
y
matar
y
ser valiente
y
lamer las cosas horribles
(las bolas melodiosas)
melodiosas
en
el poema
y en
el temor a encontrar lo que nadie busca.
Y
carcajear con dientes amarillos
y
torcidos
y
oliendo a salsa roja
y
a saliva,
pero
de espeso aroma a frutas tropicales
en
el renglón
en
la tinta
en
la nariz de la lectura.



                                      Eimí

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.