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Desandar.

Desandar hasta mi historia, no lo sé.
Tuvo pies un tiempo no hubo ojo que no la perdiera de vista.
Parecieron un par de kilómetros en auto
pero a pie es otra historia,
la historia es otra que en aquel entonces.

Un texto detallaba como se cortó, la palma
y los dedos con los restos de los vidrios de un auto atropellado en la ruta,
abandonado (quizás no fueron los vidrios
los que sacaron sangre en los pies de la historia;
el hecho es que el abandono la cegó.
Y con una historia ciega no se puede.
Desde antes me parece que no se puede.
No se pudo. No se podía.
No se podría ni en condicional).

Más vale que la historia me dejó.
Si saliera a buscarla de seguro me sangrarían también a mí los pies.
Luego sirve el consejo de hacer reposo, si las defensas bajan
puedo morir. Puedo morir
con la desilusión. Con la certeza de que mi historia  está
lejos. Perdida. Ciega.

(Y los ciegos no le gustan a nadie).

Haré reposo pues.

Haremos reposo y estaremos bien.

Intranquilas con la incertidumbre.

Pero bien.

No diría vivas…

Y viva...

Hace tiempo que veo mis manos pálidas y que no sé lo que eso significa.



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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.