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Del calambre de las manos.

Si estuviera muerta no habría letras apuñalando los renglones.
Sí sangre en mi cuello, el acero manchado o mi cuerpo deformado en la vereda.
Las entrañas estranguladas por dentro y el dulce correr del dolor en la muerte.
Y sería paz paz paz paz,
suavidad y ser entero
desplegado quizás
pero hay renglones muertos, inservibles ya,
mediocres tal vez,
disfrutando ser apuñalados maybe y desangrando su enemigo de tinta otra vez,
perhaps perhaps maybe maybe.
Pero hay esto
y no me gusta
No me gusta!
no lo quiero...
Quién dijo que no se puede embellecer un cadaver semicomido
por los carroñeros.

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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?