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Un solcito para mí quería.

No me preguntes "quién sos",
no, ya no, no lo vuelvas...

La rubiecita se mezcla con el sol en el cielo
y hay dos soles
y la sonrisa se le mezcla con los soles
y ahí son tres,
solcitos,
hermosos solcitos altos
y después puntitos,
sólo puntitos,
brillantes

y vos abajo preguntándome quién soy
y yo mirando la rubiecilla feliz
las pequeñas rubiecillas felices y altas.
Brillitos agudos.

-Álcenme, álcenme solcitos!
-Quién sos? Quién sos?
-Álcenme!
- Quién sos? Vos, quién?

No te quería matar, yo,
no te quería,
quería un solcito.
Un puntito,
uno...
 Para mí.

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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
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