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A la pueta se le raspan las rodillas.



1(997)

La mariángeles.
El nicolás.
La gimena.

Los gurisitos quieren
salir a juar.

Las una.
       Las dos.
              Las tres.

El círculo inquieto en el
centro de la siesta.

Más allá de la jaula el sol calienta la niñez:
Árida la vereda insolada del
noventaysiete.
La vereda encielada
a los gurisitos
encandila:
Les hace agua en los ojitos. Se les hacen agua los pies.

Las tres.
           Las cuatro.
                          Las cinco.

La impaciencia descansada en el
centro de la leche.

La merienda los deja juar.
La merienda les abre la jaula:
Las tres patitas
ya se escuchan chapotear
(la mariángeles,
el nicolás,
la gimena)
sobre el cemento caliente de
aliento solar.

Juegan a la mancha sobre una calle
de tierra.
Abajo de la tarde se les curte la piel

(Las cinco...
                Las seis...
                           Las siete...)
                                         Un poquitito más.



2(002)


Allá!
Dentro del mundo,
de américa. De argentina. D'entre ríos. 
Y la verde Concordia.

Ella sabe que
es chiquita.

Juega a
las escondidas (entre renglones)
y a la bruja de los colores (de la tinta verdeyazul).

Allá
la chiquita huele que
es persona.
Y se juega a la poeta y afuera

allá:
fuera de ella misma,
de sus amiguitos. De el universo
de la verde Concordia,

la chiquita sabe que
 escriben sobre su cabeza.

Comentarios

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.