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Escondites.

En la ducha a veces lo escondo yo
y puedo meterlo en la rejillita donde el agua se fragmenta
para verlo gritar de dolor
y hacerse mil gotitas a la vez. En un segundito nomás
cae y me goza la piel
va resbalando con fiereza
en el cuerpo que se le burla
para unirse y desaparecer
en el drenaje que lo ensucia
y después
después
lo que más amo es que me lo esconda
en la boca, en el oído,
en la espalda, el cuello
y la cintura
y en los pechos
y entonces cuando despierte
y vea la hora en mi celular
vuelva a estar el tiempo encerradito ahí
en un minúsculo relojito digital
a las 5:00 am
existiendo existiendo existiendo existiendo








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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?