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El rescate.

Lo oscuro
la cara
mi pecho,
que se cierra,
se cierra.
El brazo primero que se estira
y abraza la cintura presiona
el aire que
no llega a abrir
el esternón.
Lo oscuro,
en el otro brazo,
acuna su cabeza;
los rulos
en lo negro
ya no brillan.
El tercer brazo
se yergue
abriéndose paso entre lo negro
quiere rescatar al aire,
meterse por su boca,
abrirlo por dentro.
El tercer brazo,
poderoso,
alcanza la cara
de esa ajena de rulos negros
reposantes traidores del
brazo segundo.
Sus dedos rozan al fin
la frente sudada
los ojos abiertos
ya con lágrimas
la nariz obstruida los labios siempre juntos
la cara ajena.
La entera mano tercera se apoya
parcialmente en la cara.
Se mueve a los lados
para ver a la niña que no
logra llorar del todo.
La mano ve qué linda
es la nena oscura,
le presta una caricia que le dice
que la conoce en la luz del mundo
de las manos.
Lo oscuro
deja ver
las manos iluminando
rostros con el tacto.
Lo oscuro
la cara desnuda, el resto
del cuerpo asfixiado.
En la caricia de su propia mano
ajena en la oscuridad
el aire atraviesa tímido el estómago.
Va al pecho, se duerme allí.
La mano heroína cae
con fuerza sobre el colchón.
El cuerpo de la nena,
se duerme allí.

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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?