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La longevidad en círculos.

Después de matarme corro a la cocina...

Innumerables veces
muero y me despojo.
La muerte
no conoce
la memoria ni los tiempos.
Muero entonces
entre y sin
segundos o el cuerpo anclado.
Despojo
de mi sexo y sus deseos
dejo de saberme un animal.
Despojo
de los verbos y los nombres
nada me atraviesa.
Desde
el no lenguaje alcanzo
a vislumbrar hasta el más ínfimo detalle del mundo
que la humanidad se olvidó de mencionar.
En la muerte
encuentro. No soy
pero existo en todo.
Y
si muero
primero como hoja crujiente en otoño,
muero luego
también como una hormiga incinerada
bajo la lupa veraniega de algún niño asesino
(que también es yo)...

Después de matarme corro a la cocina porque me llaman a almorzar.
...El cadáver del pollo que adorna la mesa sin pudor fue mío también durante el pasado invierno congelado del criadero.

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Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
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