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Bienvenida a mi lado oscuro

1
Enfrentarnos
a la luz del cuerpo
a su deformación
en la visual abierta.

Encontrarnos
cada vez
más lejos
del habla,
de los pensamientos,
más adentro
de nosotros,
de amar.

2
La refulgencia
cegó las manos al tacto
todo devuelve
ígnea corporeidad incendiante.

La humedad
ahogó la juventud en arrugas
de las manos sintientes
sobre los cuerpos deformados.

Y estás tan lejos
de mí, árida y húmeda
tan adentro,
de mí.

3
Hay diminutos bollitos de nosotros
                                                         des
                                               per
                                                                   di
                                               ga
                                                         dos
en el cerebro, por doquier,
cantando esas canciones de terror
de la niñez.

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¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.
- Cómo cae la tarde, Dorita, ¿viste? - Con asombro, como si ambas se estuvieran yendo con la tarde, tras el vidrio del colectivo.  Afuera los campos que rodean Jubileo van quedando negros y ambas octogenarias parecen abandonar el viaje a Paraná en el pavor ante el advenimiento de la noche y el rocío. Como si de la muerte misma se tratara.