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Bullicio de la duodécima muerte

-Cayendo...-
(Hay escenas
dentro de mi cabeza
recurrentes escenas) una mano
asesina me quita el pecho,
la mía cubre el doloroso agujero
y el cuerpo se arrastra debajo de la cama
a llorar como una nenita
asustadiza.
Para terminar de morir.
-Cayendo...- las escenas
recurrentes no sé si son reales
a veces es mi mano
quien me quita el aire
y después, sólo
estoy ya en el ataúd
y lágrimas innumerables
en las ropas del cadaver
me hacen cosquillitas por doquier.
(Como mandan los nervios,
me río).
Escucho
-cayendo...-
hay otra voz que habla
todo el tiempo
todo el tiempo
no dice nada
absolutamente nada,
la boca es hermosa los labios
se mueven como bailando
la fonética
de cada palabra pronunciada
y no significan sólo
dicen
que otra vez voy a ser
el cadaver del ataúd
mojado por el llanto,
cayendo
otra vez, preguntando
desde el suelo
"¿Me extrañan?
¿Hago falta
en todas esas casas espaciosas y
llenas de calor hogareño y
enormes, faltas de alegría?"
"Sí, mucho, muchísimo"
Responderán
cada vez, después
se prepararán un mate e irán
al lugar habitual de reunión vespertina,
a recordar,
qué bonita era cuando cerraba la boca,
que qué pena que me morí
por duodécima vez.

Comentarios

  1. Me encantó, Gimena. Toda esa cosa lúgubre de la muerte, es la clase de poema que más me gusta.

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  2. Aprecio tu lectura. Gracias, Luciano

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.