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Una parte de mi cuerpo.

Mamá siempre entendió mejor
mi pelo.
Jamás supe peinarlo,
los rulos por doquier,
la textura desmoronada,
el frizz. Mis peinados,
represores, dejan enorme mi frente.
Mi mamá y mi pelo se amaban mejor:
he pasado tardes
trepada a los árboles jugando a
la mona (cabeza abajo
confiando en las rodillas)
ramitas sosteniendo el peso.
Los peinados de mama resistían
la danza alocada de los rulos,
mamá me dejaba siempre linda y libre.
Incluso miraba al revés, todo,
los pastos de las colinas en San Carlos
eran mi cielo verde de locura
y el pelo libre
dejaba combinar con la arena
de debajo de las hamacas.
Hasta la tierra le sentaba
al pelo tocado por mamá.
Acaso porque se conocieron primero.
Mamá siempre sabe más.
En esas épocas
siquiera osaba yo 

mirarme en el espejo 
y ya creía en cambio,
gracias a ella, 

que era hermosa
y libre también.

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?

Así como se están besando con algo de césped en el pelo
y absoluto vacío al costado de las orejas,
al tiempo que yo los miro
-y la apatía anónima que me acompaña-,

desaparecen.

Dejan de ser las cinco pm
y dan las tres de la madrugada
con un poco de sol en el movimiento desvanecido.
Los pensamientos permanecen fútiles
y desesperados, las demás cosas
abandonan la permanencia
bajo la energía de la visión estática.

Palidecen

así, en pleno beso y
mientras caminan, corren
o son movidas por el viento.
Mientras hablan gritan o ladran
en dirección a sonidos desconocidos.
Por este absurdo indeleble,

invariables.