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Mostrando entradas de febrero, 2017
Vos tenés
las yemas lascivas
bajo el temblor de
mi vientre.

La boca húmeda entre
las piernas tímidas.

De nuevo el deseo
sobre la espalda durmiente.

Descomposición

Me siento putrefacta entre tanto sinsentido  ¡lo estoy gritando! vomitando blancas larvitas  que son el olvido.
Solía dotarme de palabras fecundas, recostar la espalda en el piso de la ducha,  acariciar con las yemas los azulejos  y sentirme acuática  y vieja pero cuando una ve  desde lejos el propio cuerpo  se tantea desesperada  y como si fueran otras las manos  bucea protegiendo  la patética fragilidad.
Esta sangre que grito desde el cuello marchito es una ya volcada de gusanos añejos. ¡Abandónenme! Lo estoy diciendo ¡no más palabras!

Entonces prefiero callar

Entonces prefiero callar. No es que no tenga palabras. No quiero elegir. La insatisfacción de lo dicho. El libertinaje de lo dicho. Toda la quietud en la lengua es el reparo. En la boca o la garganta. Tibia labilidad. Tierno  regocijo. Siempre silencio.

Yo, los pájaros

Yo, los pájaros
que esconden bajo mis párpados
la cabeza.

Calma.

Pulsa en beso dentado,
bajo los tenues rayos
de luz, la yugular.
Sacude, boca violenta,
como frágil ramaje
el abdomen.

Vos, la noche
que ampara sobre tu espalda
el deseo.

Silencio.

Narración

Ahora
los rayos de luz están acometiendo
contra la tranquilidad de las cosas de la habitación.
Derraman todo su ruido
sobre las sábanas protectoras y la ropa en el piso.
Vos parecés soñar con situaciones extrañas
que te hacen ladear la boca en media sonrisa
y girar la cabeza en sentido contrario al origen del alba.
Yo te miro expectante como si fueras a despertar
para clavarme los ojos apenas abiertos en la mirada insomne.
Con la vergüenza de no haber dormido
me recuesto en tu pecho
y espero el inevitable calor de los rayos.
Nos alcanza. Nos inquieta.  Nos abrazamos con más fuerza.
Todo es amarillo y las cosas vuelven a dormirse.
Resulta imposible ya abrigarse
con la oscuridad absoluta de la vieja noche.
El color transmutó.
Y sólo resta sentirnos vulnerables.

Yermo.

Nuestros cuerpos dormirán regados
sobre superficies cuajadas
las pieles rezumarán bajo la luz cegante
y jamás nada de lo que nos hizo retorcer de goce
volverá a empaparnos igual
el aliento mudo.
Tuvimos humedales en la lengua
minúsculos arroyos de placer en el abdomen
pero ahora nadie trascenderá ya la aridez:
Cuando las palabras se vuelven quebradizas
la boca parece fragmentarse,
infértil,
junto al aire tajante del verano.