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Veíamos a Cobain destrozado
y me daba los besos más sinceros en el suelo
sin sombras que nos arrastraran los pensamientos.
Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños
de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada,
apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto.
Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación
y la vida, sin importarme llegar al final deformada
y con los párpados grisáceos
y sola como empecé.
Como si fuera parte del sueño también
el meter la llave en la cerradura mojándome
con la lengua el labio superior para no despertar a nadie
o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza
porque nunca
a nadie
una boca
le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre,
hasta el punto de poder oler el futuro
en el propio aliento excitado.

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Dos chiquititos.

A mi bebé Ruli.


Yo era chiquita todavía
y más flaquita un poco también
si venía un vientito demasiado fuerte él me arrastraba
hasta la hoja donde los árboles terminan
y desde ahí entraba profundo
hacia la raíz donde los árboles comienzan.
Podrían pensar que un día
no iba a contar el cuento y me quebraría
pero ahí en la raíz,
un día de esos previos a las bufandas,
lo encontré a él
chiquitito y quebradizo como yo
y no sé cómo pero salí fuera y
era como Hércules con un pequeño ser
entre los brazos. Llorábamos un poquitito
los dos. Por miedo.
Y al dejarlo en el suelo él
se hizo grande
pero sin saber que siempre
siempre siempre hasta cuando no lo viera
él, sería mi bebé. Si tengo que ayudarlo a
subir las escaleras con la cadera torcida
lo voy a hacer. Hasta cerrar sus ojitos
(siempre entre mis brazos fuertes) el día en que
un vientito decida devolverlo a la hoja
donde los árboles terminan.
Esa hojita caerá (porque será otoño) pero él
podrá antes
haber
llegado
a
la
raíz.

No lo escribo casi …

¿O no es tu memoria, también, esperpento y autoficción?