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Veíamos a Cobain destrozado
y me daba los besos más sinceros en el suelo
sin sombras que nos arrastraran los pensamientos.
Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños
de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada,
apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto.
Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación
y la vida, sin importarme llegar al final deformada
y con los párpados grisáceos
y sola como empecé.
Como si fuera parte del sueño también
el meter la llave en la cerradura mojándome
con la lengua el labio superior para no despertar a nadie
o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza
porque nunca
a nadie
una boca
le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre,
hasta el punto de poder oler el futuro
en el propio aliento excitado.

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